El secreto de las nubes
Rosa Mascarell Dauder
III Congreso Internacional sobre la vida y obra de María Zambrano. 1998, Vélez-Málaga



        ## Traza la niña toscos garrapatos,
        de escritura remedo,
        me los presenta y dice
        con un mohín de inteligente gesto:
        "¿Qué dice aquí, papá?"
        Miro unas líneas que parecen versos.
        "¿Aquí?" "Sí, aquí; lo he escrito yo; ¿qué dice?,
        porque yo no sé leerlo..."
        "¡Aquí no dice nada!", le contesté al momento.
        "¿Nada?", y se queda un rato pensativa
        --o así me lo parece, por lo menos,
        pues, ¿está en los demás o está en nosotros
        eso a que damos en llamar talento?--.

        Luego, reflexionando, me decía:
        ¿Hice bien revelándole el secreto?
        --no el suyo ni el de aquellas toscas líneas,
        el mío, por supuesto--.
        ¿Sé yo si alguna musa misteriosa,
        un subterráneo genio,
        un espíritu errante que a la espera
        para encarnar está de humano cuerpo,
        no le dictó estas líneas
        de enigmáticos versos?
        ¿Sé yo si son la gráfica envoltura
        de un idioma de siglos venideros?
        ¿Sé yo si dicen algo?
        ¿He vivido yo acaso de ellas dentro?
        No dicen más los árboles, las nubes,
        Los pájaros, los ríos, los luceros...
        ¡No dicen más y nos lo dicen todo!
        ¿Quién sabe de secretos? ##


      Me recitó María un día este poema, lo guardaba en su memoria desde el día en que su padre se lo leyera de pequeña. Un regalo de Don Miguel, le había dicho. Y desde aquel día se lo recitaba para sí por las noches como una oración. Los poemas que más le acompañaban y sentía los llamaba oraciones. También para Unamuno era la oración "la única fuente de la posible comprensión del misterio" (Diario Íntimo, 153), método meditativo para descubrir el son y el sentido del mayor misterio: el de la persona.

      Además de la deferencia que tuvo Don Miguel al enviarles el poema --quizá por carta--, padre e hija, Don Blas y María, se sentirían doblemente halagados porque se verían reflejados de alguna forma en este "Incidente doméstico", escrito en 1908, cuando ésta tenía cuatro años. En el poema, podemos imaginarnos al padre escribiendo y a la niña imitándolo en la acción, pues escribe "líneas que parecen versos", e incluso en el gesto, "inteligente". Pero la niña reconoce que no sabe lo que ha hecho y pide ayuda al padre, pregunta y espera una respuesta. La respuesta no puede ser más cruel: NADA. Respuesta que no satisface ni al que cree saber, que después de darla duda; ni a la que quiere saber, pues no está preparada para oír esa crueldad. Está todavía en otro mundo donde esa respuesta no tiene sentido. Resultado: incomunicación.

      Incomunicación porque el padre no está en su papel. La niña le está pidiendo que sea su maestro, que le enseñe a mirar el mundo, a interpretarlo. Pero el padre con su primera respuesta renuncia a esa petición porque da su conclusión sin empezar por el principio. Olvida que el aprendizaje es siempre un proceso, un proceso con instantes de lucidez, pero que pide tiempo para madurar. La niña tiene que ir creciendo.

      Igual que en Antígona, el padre es la figura clave, pues según María Zambrano en el nacimiento de la conciencia es el padre el que libera a la hija de su pregunta, le da el ser, le hace ver las cosas y a sí misma como persona. Por supuesto después de que Edipo salga de esa "blanca nube como aquel que está naciendo", o como algunos personajes de Unamuno que despiertan en contados momentos de la niebla que les envuelve para poder actuar conscientemente. Y encontramos el verdadero alcance de esas palabras al leer la dedicatoria del primer libro que publicó María Zambrano: "A mi padre, porque me enseñó a mirar". Como nos dice María "de la comunidad en la que me encuentro sumergida salgo a mi realidad a través de alguien en quien me veo, en quien siento mi ser. Toda existencia es recibida" (El Hombre y lo Divino, 268). Y después esa existencia recibida tendrá una continuidad: tal como Atenea, la hija llevará las armas del padre y continuará la lucha en su nombre. Las recibió de su padre, pero ahora son suyas y con ellas llegará a su madurez.

      Madurez supone dejar de preguntar. Es la conclusión a la que había llegado el padre: que detrás de todo está la nada. Pero dejar de preguntar es el fin. Es revelador que uno de los lugares donde María Zambrano cita a Unamuno es en "La última aparición de lo sagrado. La nada" (El Hombre y lo Divino, 162), quizá en memoria de la "Teoría del hueco recubierto". "Procedimiento metafísico" que Don Miguel utilizaba para crear a sus personajes y que hacía extensible a todo individuo: "que se examine bien y vea qué encuentra debajo de sus propios hechos y dichos, y si debajo del hierro de nuestra carne no nos encontramos con un hueco o agujero más o menos cilíndrico" (Amor y Pedagogía, 165). Realmente, contestar que detrás de todo el mundo, que la niña está mostrando al padre para que le ayude a descifrarlo, está la nada, sería volver a la canción de cuna de la madre: "vida...sueño...muerte...muerte...sueño...vida", la canción de Marina en Amor y Pedagogía. Los dos polos del sueño: la vida y la muerte.

      Por suerte no acaba ahí el poema. Por suerte, porque si así fuera cada nacimiento a la conciencia supondría empezar desde cero. Como decía Don Avito Carrascal, después de su amargo experimento, "Sólo se aprende a vivir viviendo, y cada hombre tiene que recomenzar el aprendizaje de la vida de nuevo" (Niebla, 134). Sí, algo tiene de único el nacimiento. El yo que está naciendo, unidad primordial. Pero, según María Zambrano, hay alguien en quien en principio nos reflejamos, "en quien me veo". En este caso el padre, el padre maduro que reflexiona y duda de su conclusión --¡sigue vivo! Se da cuenta de que no aceptó su responsabilidad, no supo ponerse en el lugar donde la hija le llamaba y empezar desde allí. Esto supondría al padre volver al principio, a un mundo que demuestra en su duda no haber olvidado del todo. El mundo de lo "sagrado", donde la hija sigue en "comunidad" con todo. Ella todavía no ha descubierto que está sola, pero el padre ya ha descubierto que no está solo, su hija está esperando de él una respuesta, tiene que salir de sí mismo para contestar con sentido y que ella le entienda. Los papeles se han invertido, como en toda conversación auténtica. Y los dos pueden llegar a entenderse porque tienen un mundo común. Ahora es el padre el que añora el mundo de la hija que también fue suyo alguna vez. Esa melancolía es la que, según María Zambrano, define al poeta.

      En "Nubes de misterio" (Poesía Completa 1, 148) Unamuno compara las nubes con "visiones fugitivas de otros mundos que se hacen y deshacen sin parada". "La procesión ( ) sucédese cual números melódicos" que despiertan ansias "de una vida mental pura y sencilla, sin conceptos ni ideas, abismática", "etéreo concebir", "pensamiento no esclavo del discurso" que en el sueño "quiere comulgar con el misterio de las entrañas". ¿Les suena esta música? El pitagorismo de la música de las esferas, la vida en beatitud, sueño y misterio de las entrañas. Entrañas: el hueco no está vacío, lo llenan los dos legados de los siglos: "el de las ilusiones y el de los desengaños" (Niebla,134). Heredamos el sentir que nos hace querer volver y seguir: añoranza y anhelo. Y donde se cruzan los dos legados también lo llama Don Avito "templo", o "tablado". Entraña, cruce de sentires, centro, envuelto en la niebla del olvido y la memoria, "perdida en la nube/ de mis memorias" (Poesía Completa 2, 201). Mas "del mar por las nubes/ salen los ríos" (Idb., 202): hay que volver a la tierra. La melancolía tiene que transformarse en vida.

      El padre ya no está tan seguro de "su secreto", de sus convicciones, de su razón. Es una dura prueba volver a descender a lo sagrado, pero, como diría María Zambrano, debe hacerlo por piedad, aunque sepa que para los dos va a comenzar el camino del calvario. No hay saber sin sufrimiento. El querer saber se da en la esperanza de la pregunta y lo que nos hace sufrir es la respuesta, simplemente por que nos pide cambiar.

      Así, en otro "incidente doméstico" (Poesía Completa 1, 212), Unamuno le pide al hijo:

        "No me mires así a los ojos, hijo mío,
        no quiero que me arranques mi secreto,
        y cuando yo falte
        sea el veneno de tu pobre vida".

      Ante otro hijo el padre vuelve a dudar, en principio sólo por su hijo, quiere evitarle el sufrimiento, pero tampoco quiere un hijo "imbécil" o "santo". Ignorante o extasiado, viviría sin pena ni gloria, incapaz de sentir. Igual que con su hija, desvelar el secreto realmente no sirve para mucho si no hay una predisposición por las dos partes --que en los niños suele haberla-- y si no hay un lugar común para la comprensión. La actitud del padre será la de preparar el camino: "si os limpié de conceptos el espíritu por pagado me doy" (Ibd., 1, 221), descubrir el secreto ya es hazaña de cada cual. Como tantas veces nos dice María Zambrano recordando a Sócrates: la filosofía es siempre mediadora, nos enseña a mirar y a mirarnos a través del diálogo: el diálogo del alma consigo misma, la reflexión, y el diálogo que pasa a través de todos los entendimientos, la comunicación. Y en el mismo contexto socrático, también nos recuerda Unamuno: "Conócete mortal, mas no del todo", hay que dejar la puerta abierta siempre a la duda, a la pregunta, a la esperanza, toda la vida. El diálogo es un proceso continuo que a menudo deseamos concluir convenciendo o convenciéndonos, en el que escuchar al otro es un acto de valentía, pues hay que tener coraje para sabernos equivocados y actuar en consecuencia.

        "¿He vivido yo acaso de ellas dentro?"

      El padre reconoce a la hija como igual, habla con ella, no cuando le responde "Nada", sino cuando duda, cuando se da cuenta de que su razón no es la única razón, cuando ya es capaz de cambiar. Para cambiar tendrá que vivir dentro de esas líneas que la hija le presenta, que esas líneas vivan dentro de sus entrañas, hacerlas suyas, permitirles que cambien su ser. Y la hija tendrá que estar preparada para escuchar y llegar a discernir entre mensajes valiosos, vanos o falsos. Al principio la guiará la confianza en su padre, pero tarde o temprano su padre dirá: "acabo ya y continuad vosotros".

      Como decía María, todas las enseñanzas son vanas si no nos las apropiamos para nuestras vidas, si no construimos nuestro pensar con ellas y actuamos en consecuencia: "Cuando el conocer es radical ( ), procede de un sentir, conduce a la acción", nos dice en El Hombre y lo Divino (pág. 203). Hay que "vivir de ellas dentro", hay que dar a probar y probar el veneno. Ahí está el origen del Saber con mayúsculas y negrita, antes de todo dualismo estéril, en sentido clínico, que no permite contagio alguno. Todos deberíamos vivirlo --utopía de utopías-- porque debemos llegar a ser personas: saber que somos únicos pero que no estamos solos, sino entre iguales.

      Y ese sentir primero que precede al conocer y al actuar, nos lo pudo describir esa niña al llegar a su madurez porque supo aunar memoria y conciencia en una actitud vital desde la que brotó la comunicación. Tanto María Zambrano como Miguel de Unamuno nos transmitieron su Saber a cada uno de nosotros, a cada uno de sus lectores y tenemos, además, el ejemplo de sus vidas, ninguno se escondió cuando su conciencia les pedía actuar. Pero el saber no simplemente se transmite, se construye en colaboración. ¿Será suficiente con querer meter nuestra "morcilla" en el guión del Gran Soñador? De hecho, sobran los "Padres de la Patria" cuando los niños, con los medios tecnológicos que hemos puesto en sus manos, hablan entre ellos y crean la aldea universal. Sólo en una relación entre iguales todas las partes pueden actuar libremente y el medio a través del cual se da ese actuar es la comunicación. En la comunicación se van invirtiendo los papeles, también Unamuno dice que se pueden cambiar los papeles entre soñador y soñado. De no ser así, mejor sería dormir ignorantes escondidos en la niebla.

      En 1934, en una circunstancia similar, pero esta vez entre abuelo y nieto, a la pregunta "¿Qué es esto abuelo?", contesta Unamuno: "¡El son y el sentido! ¡La palabra pura y su razón!". El niño se quedaría perplejo, y eso ya sería mucho pedir. Quizá el abuelo ya estuviera mayor para bajar a buscar genios subterráneos, pero quería mantener vivo en su nieto el anhelo. Sabia Unamuno que él ya estaba, respecto a su nieto, cerca del polo opuesto y lleno su hueco de desengaños. A la misma distancia también de su muerte, María Zambrano dijo que ella siempre había sido alumna: siempre se arriesgó a preguntar; y también a responder. De joven alguna vez dudó si no se estaría "extinguiendo" la filosofía, pero no se extinguió entonces pues alguien continuó preguntando "¿qué dice aquí?" y alguien se esforzó por hacerle descubrir el secreto que las nubes esconden: "el secreto que hace sentirse uno mismo" (El Hombre y los Divino,265) y que no estamos solos, "que del mar por las nubes/ salen los ríos".

      Rosa Mascarell Dauder

      Athlone, verano 1998.

      BIBLIOGRAFIA CITADA

      Unamuno, Miguel de; Amor y Pedagogía. Espasa Calpe, Madrid 1996.

      Niebla. Alianza Editorial, Madrid 1998.

      Diario íntimo. Alianza Editorial, Madrid 1998.

      Poesía Completa (1 y 2). Alianza Tres, Madrid 1987.

      Zambrano, María; El Hombre y lo Divino. Siruela, Madrid 1992.

      Horizonte de liberalismo. Morata, Madrid 1996.