A propósito de la catalogación del Archivo María Zambrano
Rosa Mascarell Dauder
IV Congreso Internacional Centenario de María Zambrano. 2004, Vélez- Málaga




  • DE PAPELES A DOCUMENTOS
  • LA PALABRA TABÚ: TEXTO
  • UN TESTIGO QUE SE NOS PASA
  • PEOR QUE LA MUERTE ES QUE NO NOS ENTIENDAN
  • EPÍLOGO

En este año de la celebración del centenario del nacimiento de María Zambrano, que la Fundación que lleva su nombre ha querido dedicar a la crisis y metamorfosis de la Razón, la catalogación del archivo de nuestra pensadora puede parecer algo periférico. Pero si estamos sentados precisamente aquí en el Palacio de Beniel en Vélez-Málaga hablando sobre María Zambrano y su aportación al pensamiento es porque algo nos sirve de centro y nos atrae: su legado. Un legado que es mucho más que su obra publicada, pues cada manuscrito, cada carta, cada libro leído y anotado por ella un día, es una huella que vive todavía para nosotros.

    El legado de María Zambrano lo componen su biblioteca, sus manuscritos, su correspondencia y algunas obras de arte, muebles y objetos que la acompañaron durante su vida. Nosotros nos centraremos aquí especialmente en una pieza que consideramos clave: los manuscritos. Cuando hablemos del archivo María Zambrano hay que sobrentender que nos referimos básicamente a sus manuscritos, aunque hay que decir que la ordenación e inventariado de la biblioteca, así como la clasificación de la correspondencia habida en poder de María Zambrano hasta su fallecimiento, fueron también parte importante de nuestro trabajo.

    Comenzaremos contando algunas cosas relativas a los orígenes del archivo como tal, al momento en que pasó de ser un conjunto de papeles a un conjunto de documentos relevantes que se consideraron merecedores de custodia y difusión.



De papeles a documentos


De que exista el archivo María Zambrano obviamente debemos dar las gracias a la propia María Zambrano por ser la generadora del mismo, pero también tenemos que agradecerle que decidiera, estando todavía en vida y a raíz de la constitución de la Fundación María Zambrano, trabajar en su ordenación y legarlo completamente a la misma.

    En principio, lo que ahora constituye el archivo era un conjunto de papeles en cajas, maletas y bolsas guardado en un armario que María Zambrano llamaba “el cachivache” y que su primo Mariano Tomero guardaba bajo llave. La otra parte la constituía la biblioteca, donde obviamente estaban los libros, las revistas, más los trastos que se habían ido acumulando desde que María ya no podía caminar y había quedado confinada a su luminosa habitación del cuarto piso de Antonio Maura 14, dejando la sala de la biblioteca a su aire.

    Había que empezar haciendo espacio en la biblioteca, listar, ordenar e incluso reparar los libros y las colecciones de revistas. Esto nos ocupó los primeros meses de 1989. Después del ajetreo del acto de entrega del Premio Cervantes en abril --que aunque ella no pudiera asistir por motivos de salud fue ocasión de entrevistas y visitas tan emblemáticas para ella como la de los reyes--, para finales de dicho mes ya estaba esta parte de la ordenación del lugar en buena parte solventada y pudimos empezar con lo verdaderamente necesitaba María Zambrano en ese momento, acceder al conjunto de sus escritos y proceder a la continuación principalmente de sus libros inéditos. Pero esto requería primero clasificar los papeles, por lo que se fueron sacando poco a poco del cachivache y ordenando en portafolios y cajas de archivo.

    En general, lo primero que se afronta cuando se intenta ordenar un archivo es la valoración del contenido: saber con qué contamos y si todo lo que hay merece la pena estar, si es necesario el expurgo. En el cachivache había de todo, pero ni un sólo papel con algo escrito por María se expurgó. Esto es importante resaltarlo porque en cualquier clasificación siempre ocurre que se decida apartar documentos que son irrelevantes o comprometidos para el futuro archivo y más estando en vida y en activo la persona que ha generado dicho archivo y en su derecho de “limpiar” sus propios papeles. Dos son básicamente las causas de que no se expurgara nada: la forma de escribir de María Zambrano y su firme intención de evitar la autocensura --si exceptuamos el deseo expresado en su testamento de no publicar su correspondencia privada hasta pasados 10 años de su muerte, sobre todo por deferencia hacia su familia--.

    Sobre su forma de escribir, podemos traer a colación la siguiente cita:


He creído impropio aducir citas en el curso de estas páginas, por no ser ellas un trabajo de investigación, para el que haya sido precisa una preparación especial.

Se trata sólo -ya el lector lo advertirá- de un pensamiento muy espontáneo, nacido ante la angustia de los grandes problemas que insistentemente llamaban a mi sensibilidad y de los que mi atención no ha podido, ni podrá en mucho tiempo libertarse.“


    Esta advertencia abre el primer libro de María Zambrano -Horizonte del liberalismo, 1930- y bien podría valer para toda su obra porque salta a la vista no sólo en su obra publicada, sino también cuando se examina el archivo, veamos por qué.

    “Impropio aducir citas“. En los escritos de María Zambrano, publicados o no --a lo que yo conozco-- no hay prácticamente citas. No hay casi citas porque no estamos ante trabajos de investigación, como ella misma dice, sino de “pensamientos“. En dicho libro --y así también en lo que sigue después-- lo que hay, si nos atenemos a la definición de “pensamientos” del diccionario, son “ideas y sentencias notables” de María Zambrano y además, según ella misma, “muy espontáneo(a)s”. Los escritos que contiene el archivo María Zambrano son pensamientos de María Zambrano y por espontáneos, propios. Otra cuestión es qué hay de genuinamente propio y qué de adquirido, influenciado o asimilado, pero esta es una cuestión que se refiere al mecanismo de transmisión de la cultura y a la mecánica de la creación, obviamente fuera del ámbito de esta conferencia.

    Así esos “pensamientos espontáneos” se encuentran por doquier en los manuscritos de María Zambrano, en libretas, en hojas sueltas o agrupadas con clips o en portafolios. Cada nota o esquema apuntado en una libretita podía generar después cualquier madrugada un artículo o el capítulo de un libro, que a veces eran una y la misma cosa. Estos eran escritos de un tirón en su máquina de escribir (que a María le parecía música y a su hermana, que trataba de dormir en la habitación de al lado, no tanto) y dado después a prensa, corregido, o guardado en algún maletín, tal como había salido de ese tirón creativo.

    Ella quiso que quedara todo: notas, apuntes, esquemas e incluso esbozos que no se llegaron a retomar y desarrollar nunca. Había seguro cosas que estaban ya lejos de su presente, que hubiera podido fácilmente destruir si no estaba segura, sabiendo que todo lo que dejara iba a ser público pronto o tarde. Pero nos legó todo, lo acabado y lo inacabado, y gracias a ese gesto podemos acceder hoy tanto a sus escritos más elaborados como al proceso de generación de los mismos. Volveremos sobre las notas, esquemas y apuntes.

    “Nacidos de la angustia ante los grandes problemas”, nos dice también en dicha nota a Horizonte de Liberalismo. Sentir angustia es algo personal, pero los “grandes problemas”, sentidos y vistos de una forma u otra, se pueden compartir discutiendo, dialogando, luchando o escribiendo. De echo, sus escritos son un intento de hablar sobre esos “grandes problemas” que por grandes se supone que afectan a más de uno y más de cuatro. También encontramos esos problemas enumerados en sus manuscritos: la vida, el amor, la persona, lo divino, la creación, la historia, la revelación, la democracia, el tiempo, los sueños, la razón. Esta no es una lista, son temas que se repiten, que vuelven una y otra vez. Por esto, no era posible hacer una clasificación temática más que cuando ella misma la hace agrupando escritos en forma de libro. Exceptuando estos, la única clasificación posible era cronológica.

    Pero aún este tipo de clasificación tenía sus inconvenientes, pues era usual en María Zambrano que empezara con un tema pensando en escribir un libro para el cual tenía incluso su esquema preparado, lo dejara en suspenso y le volviera a retomar pasados los años, o no, a veces con un título diferente, e incluso con una estructura diferente. Así tenemos por ejemplo que el libro Los sueños y el tiempo, que se publicó póstumamente y que María Zambrano estaba revisando justo antes de morir, se empezó a escribir en los años cincuenta, pero parte de lo que en principio era parte de Los sueños y el tiempo se publicó como El sueño creador. (Al respecto de los libros que María Zambrano dejó en suspenso, cuando trabajaba con ella realicé una lista de los mismos explicando un poco su contenido y la presenté con el título “Una obra inacabada” en el primer congreso de la Fundación aquí en Vélez.)

    Algunos de los libros que se revisaron en ese tiempo (principios de 1989 hasta su muerte en febrero de 1991) fueron publicados, como Los Bienaventurados o Los sueños y el tiempo (incompleto). Pero el mayor esfuerzo que hizo María Zambrano para nosotros es que el montón de papeles del cachivache dejara de ser papeles y pasaran a ser escritos y material de trabajo para ella misma y después documentos a guardar y difundir para la Fundación, lo que ha posibilitado que hoy formen parte de nuestro patrimonio. Si ella no hubiera tenido en mente esto y hubiera participado en la ordenación, ahora mismo puede que no existiera el archivo. Podría estar mejor (y ya se encargarán los expertos y las buenas manos de ir mejorando su conservación y difusión), pero lo importante es que está.

    “Que insistentemente llamaban a mi sensibilidad y de los que mi atención no ha podido, ni podrá en mucho tiempo libertarse.”, nos deja dicho también en 1930. Esta sensibilidad a todo aquello que pudiera pasar a su alrededor --y su alrededor iba muy lejos-- era otro de los rasgos de la personalidad de María Zambrano en el que creo que coincidirán conmigo todos aquellos que la trataron. Sensibilidad que no quedó pasivamente en pura percepción sino que se convirtió en acción: de ahí precisamente nacieron sus escritos como ella misma reconoce en esta advertencia a su primer libro.



La palabra tabú: texto


Hasta aquí he conseguido no nombrar ni una sola vez la palabra maldita para María Zambrano: texto. Texto, la palabra que debí borrar de mi vocabulario cuando trabajaba con ella. Cuándo le decía por ejemplo,...” en este texto suyo del 58... --¿texto? ¿Qué es eso de texto? Yo no escribo textos“. Y me dejaba absolutamente cortada. “Y ¿qué debo decir entonces? --Escritos mujer, escritos”.

    Y me iba al diccionario y buscaba texto: „Lo dicho o escrito por un autor o en una ley, a distinción de las glosas, notas o comentarios que sobre ella se hacen“. O bien, „ Todo lo que se dice en el cuerpo de la obra manuscrita o impresa, a diferencia de lo que en ella va por separado; como portadas, notas, índices, etc. “(Diccionario Enciclopédico Espasa).

    Según el primer sentido de texto, si los escritos de María Zambrano, según defendía ella misma, no eran textos ¿eran notas y comentarios? ¿Notas y comentarios sobre qué? Porque según la definición, se entiende que las notas y comentarios lo son de algo otro, de la obra a comentar, pero ¿si no existe esa otra obra a comentar? Entre los manuscritos de María Zambrano hay una gran cantidad de anotaciones, sobre todo en los cuadernos que ella llevaba siempre encima. Las notas pueden ser advertencias, comentarios, explicaciones o reparos a cualquier texto o suceso. Pero en el caso de María Zambrano, en muchos casos son, diríamos, notas sueltas, sin hilo conductor, al menos a simple vista, pues nos falta lo que María Zambrano tenía en mente cuando las escribió. Para solucionar esto, pero sólo en parte, podríamos ir al libro en el que ella estuviera trabajando en ese momento (por suerte solía fechar sus cuadernos, incluso las páginas) o estudiar a fondo su biografía para ir ligando estas notas con otras cosas de forma que se iluminaran mutuamente. Este sería un arduo pero hermoso trabajo que rescataría a las notas del prejuicio de considerarlas menos valiosas.

    También hay otra forma de considerar estas notas: como notas de una composición en el tiempo que vista en conjunto pudiera formar algo así como un poema. Sería otra posibilidad, como tal no descartable, pues no es necesario que uno se considere poeta para serlo.

    En la advertencia de Horizonte del liberalismo nos dice que en su libro no hay citas, no es una investigación, son pensamientos espontáneos. Si tomamos su archivo en conjunto, no sólo los libros acabados, sino también los índices, esquemas de trabajo, anotaciones, quizás estos escritos marginales sean lo más original y espontáneo de la obra de María Zambrano. Quizás es un problema de términos ante el que nos enfrentamos si no queremos caer en la minusvaloración de aquello que es marginal, quizás deberíamos llamar a estas notas ideas, aforismos o, como ella misma podría haber dicho: semillas de escritos. Sin tener esto en cuenta podríamos caer en el prejuicio de considerar las notas como algo inferior en importancia dentro del archivo y no, realmente puede que sea lo más valioso de él. Precisamente por la potencia que encierra la semilla.

    Así, que mal que le pesara a María Zambrano, para mi todo su archivo estaba compuesto de textos (era mi forma de superar el prejuicio en ese momento), todo era parte de su “obra manuscrita o impresa“. Esto me liberaba de tener que valorar: no eran más los libros que los artículos, que los apuntes, que los esquemas, que las notas, esto quiere decir que una frase escrita en el margen de una factura de hotel, por poner por caso, tenía tanto valor como el manuscrito de un artículo revisado para enviar a la prensa. Todo tenía valor porque no eran ni glosas ni comentarios de textos ajenos, sino originales.

    Es cierto que todo eran originales, María Zambrano no hacía comentarios de texto, “investigaciones” los llamaba ella, si por esto entendemos el análisis de un texto concreto de otro autor. Pero desde luego, a lo que no podía escapar, ni ella ni nadie, es a que se colara el pasado en sus escritos, primero a través del idioma y después a través de la historia personal que lleva la carga del tiempo (pasado, presente y futuro también).

    Para algunos pensadores el pasado es una pesada carga que pide ser cargada a las espaldas y dependiendo de lo pesada que ésta se haga ver, resaltará más la magnitud de la fuerza y la anchura de espaldas de dicho pensador. Por supuesto, si lo que se pretende es glosar el pasado y establecer un nuevo hito en la historia desde el cual comenzar, hay que ser un titán o tener espaldas como San Cristóbal. Ser capaces de digerir el pasado y empezar de nuevo. Nada menos. Siendo así, la historia del pensamiento (¿sólo?) sería una línea de hitos: „Hasta aquí legó... (inserten el nombre)“.

    María Zambrano era más modesta, no era un Titán, no tenía anchas espaldas. Para María Zambrano escribir es salir al encuentro del tiempo, es un moverse con él y “hacer algo de verdad”. “Hacer una verdad aunque sea escribiendo” (El Hombre y lo Divino, 14). Para María Zambrano el pasado pesa lo que pesa un testigo. Sentirse uno más en la cadena y no un punto final e inicio absoluto. Esta forma de ver las cosas aligera la tarea al tiempo que la hace más responsable: no para uno el tren para bajarse y que queden los demás a la buena de dios. Puede que en tiempos, María Zambrano fuera una señorita elegante que tuviera alguna que otra salida elitista a la manera de Ortega. El elitismo era algo que estaba en el aire en aquellos complicados años treinta en Europa y más agudamente en la Universidad Central en la cátedra de metafísica. Pero leyendo los escritos de María Zambrano, más y más cuando más avanza en edad, creo que no podemos acusarla de elitismo. Más bien, María Zambrano se siente una persona más en la “esfera de la historia”, --por usar una imagen que recoge su querido Louis Massignon--, alguien que ha tenido la suerte de llegar a persona, pero nada más y nada menos.

    La idea de Historia en María Zambrano es una de las ideas de María Zambrano sobre la que el archivo podría arrojar luz pues buena parte de los inéditos que quedaron por revisar estaban relacionados con ella, especialmente el libro Historia y revelación, pero también El Hijo del Hombre o la colección de escritos sobre mujeres en la historia y la mitología. Otra podría ser la de “persona”.

    Al respecto del concepto de persona creo que es interesante leer un librito que escribió el amigo de María Zambrano, Gustavo Pittaluga, Temperamento, carácter y personalidad, que se considerará obsoleto en el campo de la psicología pero que muestra la persona como el último grado en el desarrollo del ser humano y el que lo resume. Me da la impresión de que este librito debe haber surgido en parte de conversaciones de Gustavo Pittaluga con María Zambrano. De todas formas, la reflexión de María Zambrano sobre el ser persona va más allá de la psicología y se liga con la de historia mediante la responsabilidad: cómo se es persona en la historia de la humanidad, la responsabilidad para con los otros con los que comunicamos, que también están formando esa esfera tridimensional aunque estén hundidos en la miseria. En esta situación, quien se considere “alma regia” --para volver a Massignon-- no esta más que, como mucho, para servir de trama a la esfera, no hay Cristóbales que la soporten. Y, siguiendo con la metáfora, para poder servir de trama a dicha esfera de la historia no existe más alta lección que dar. Desde el tema que ahora nos incumbe, el archivo de María Zambrano, ella se nos dio legando y delegando.

        Quizá la palabra que mejor se avendría a lo que compone el archivo no sea documento sino testigo. Los textos, o los escritos como prefería María Zambrano, que tenemos en el archivo María Zambrano son el testigo que María Zambrano nos pasó a nosotros, nos hizo a nosotros responsables. Y nos lo pasó con penas y glorias, impuro como es la vida misma para que nosotros podamos seguir adelante haciendo algo más que comentario de textos.



Un testigo que nos pasa


Sólo se vive verdaderamente cuando se transmite algo. Vivir humanamente es transmitir, ofrecer. (Los bienaventurados, 107) Esta cita de Los bienaventurados llega muy lejos vista desde el archivo, porque cada uno de los que la conocimos guarda para sí su experiencia para con la persona María Zambrano, pero la obra de María Zambrano está aquí en Vélez-Málaga, ofrecida por ella para que nosotros seamos responsables de seguir transmitiéndola, de que María Zambrano siga viva.

    María Zambrano nos ha pasado un testigo, nos ha puesto deberes. El hecho de que María Zambrano no peque de soberbia y no se considere un hito en la historia del pensamiento occidental, nos trae más cuenta a nosotros. Supone que no podemos quedarnos en ser sus glosadores sino que tenemos que seguir caminando y en esto María Zambrano sería más machadiana que nada. Y supone, sobre todo, que María Zambrano nunca perdió la esperanza en el futuro, creyó en que nosotros podíamos seguir no su camino, sino el nuestro. Pero no todo vale, María Zambrano tiene palabras muy duras para todos nosotros, ella incluida, que podemos leer también en Los bienaventurados. (Perdón si la cita es un tanto larga pero creo personalmente que vale la pena recordarla para no perdernos en especulaciones)


Los civilizados de este Occidente ¿nos hemos preocupado mucho, en general, de estos pueblos que en otras latitudes han vivido durante siglos en este desamparo? Y más aún: cuándo de ellos nos hemos acordado ¿ha sido para otra cosa que para someterlos hasta la esclavitud si necesario de juzgaba? Pueblos, razas enteras en estado de tribulación, de hambre, de humillación, pueblan el planeta amenazados de aniquilación por la miseria (), continúan ahí, sobre el mismo planeta que nosotros. Y si han resistido resisten ha de ser, forzosamente, por la fuerza sobrehumana --la palabra llega por si misma-- de esta esperanza que los mantiene suspendidos sobre el tiempo, sobre la vida, generación tras generación; mientras en el occidente civilizado el creciente bienestar () coexiste con la angustia, con la desocupación de alma y mente, con el deporte intelectual de la desesperación estetizante y literaria, con el uso de la inteligencia que pretende regir la realidad sin tener contacto con ella; con la fragilidad ante el sufrimiento, con el estupor que se despierta ante la constatación de que la felicidad no es fruto que se recoja por sí mismo, de que hay que hacerla, sostenerla, crearla y, aún más difícilmente, saberla recibir y recoger cuando llega. (LB, 98, 99)


    Estamos entrando en el plano de lo ético y se supone que la catalogación del archivo es algo puramente técnico. Pero hablamos de responsabilidad y de una responsabilidad que va más allá de unos papeles que alguien tenía guardados en un “cachivache” y, por cosas que pasan, algunos se publicaron y otros llegaron hasta este palacio de los marqueses de Beniel. Nuestra modesta responsabilidad para con ella empieza con esos papeles. Como decía María Zambrano, somos responsables de que la vida en este pequeño planeta siga siendo posible y eso no se consigue haciendo borrón y cuenta nueva, el olvido puede ser higiénico pero más aun es peligroso.

    Si en algo se separó María Zambrano de Ortega fue respecto a la manera de entender la responsabilidad del intelectual, un tema muy tratado en aquellos años de juventud de María Zambrano y que ha ido decayendo, quizás porque ya dicha figura ha quedado obsoleta, por pudor, ¿quien puede querer llamarse intelectual hoy? Pero para María Zambrano sí que existían los intelectuales, así se consideraba a sí misma y eso la movía a sentirse responsable de la manera que nos mostró con su vida y con lo que nos dejó escrito, como el anterior pasaje de Los bienaventurados. Sobre la distancia entre Zambrano y Ortega en la forma de entender la responsabilidad y en esto influye en ella, entre otras cosas, su peripecia vital, las lecturas y las compañías (buenas o malas según quien las mire). Entre dichas compañías hay mucho de heterodoxo o de enterrado bajo la ortodoxia. María Zambrano recogía mucho, y recoger para ella no era sólo escuchar la voz de las alturas, como ella misma dice muchas veces, era recoger las raíces, que al fin y al cabo son las que nos sostienen, y, hablando hoy desde la Axarquía, estas no son sólo cristianas.

    Recibir un testigo tan complejo e impuro es mucho más difícil de llevar porque tenemos que contar con el problema añadido de que no estamos en campo trillado y la incomprensión es algo con lo que se debe contar.



Lo peor es que no nos entiendan


Lo que más temo, más que la muerte, es que nadie nos entienda. (Delirio y destino, 107). Esto lo escribe María Zambrano al principio de los cincuenta. Forma parte de Delirio y Destino y aunque se enmarca en un momento previo a la Guerra Civil, ese temor lo arrastró María Zambrano siempre. Por eso quizás su empeño en escribir, no para justificarse a sí misma si no para comunicar su forma de ver el mundo, su com-padecer: “un pensamiento muy espontáneo, nacido ante la angustia de los grandes problemas que insistentemente llamaban a mi sensibilidad y de los que mi atención no ha podido, ni podrá en mucho tiempo libertarse.“

    En la presentación de Delirio y Destino, escrita en 1988, explica la publicación de dicho libro diciendo:


“Tal vez sea necesario para personas que yo no conozco, de otras generaciones ya, para que se miren en una perspectiva histórica, para que lleven el latido de la vida en el que estoy todavía, en el anhelo de revivir el texto y no dejarlo abandonado a conjeturas y posibles investigadores históricos. Estoy aquí y ahora todavía para responder de lo por mí escrito”.


    Entonces ella todavía estaba „aquí y ahora“, por eso aprovechó las ocasiones que se le presentaron una vez de vuelta en Madrid para publicar y dejar preparado su legado antes de morir, “para que otras generaciones ( ) se miren en una perspectiva histórica” y lleven el latido de su vida, que entonces todavía sonaba.

    Había vivido desterrada y de vuelta del destierro quería ser enterrada en un lugar cálido y hermoso (Las palabras del regreso, 120) pero además quería vivir esa vuelta a casa, aunque la casa que encontró a su vuelta en noviembre de 1984 tenía poco que ver con la que dejó en enero de 1939, pero era donde estaban sus raíces y el mejor sitio donde ella creía poder ser comprendida. Por eso está aquí el archivo y no en cualquier otro lugar del mundo por donde pasó. Volver a su casa era la forma que tenía de escapar a la peor muerte: el malentendido.

    Hay una forma de escapar al malentendido: dialogar. Lo que quiere decir palabra a través de, que alterna entre uno y otro interlocutor. Supone pues hablar y escuchar. María Zambrano hasta su muerte se mostró dispuesta a “responder” por lo ella escrito. Ahora tenemos que dialogar con su obra, lo cual requiere de más respeto y de aguzar más el oído. Ahora tenemos que interpretar su obra para nosotros y escucharla través de nuestra interpretación y si es cierto, tal como me enseñaron, que la filosofía no admite secuaces, entonces debemos seguir nuestro camino. Pero como “lo cortés no quita lo valiente”, reconociendo y respetando a los que, como María Zambrano, para nosotros fueron hollando el camino. Es algo más que cortesía por nuestra parte el que estos no desaparezcan en la Isla de los muertos sino que vivan en la de los bienaventurados, sabiendo que ahora nos toca a nosotros hacer camino, vivir. Vivir sabiendo y corrigiéndonos a cada paso si es necesario:


“corregirse a sí mismo, sin caer en la catástrofe, me parece que sea la gracia fundamental del saber de la vida, del saber que puede dar novela, que puede dar poesía, que puede dar también, ¿por qué no?, filosofía, que puede darlo todo ya que da la vida.” (Las palabras del regreso, 147)



Epílogo


No sé si habéis caído en la cuenta de que en la introducción a Delirio y Destino de 1988 utiliza la palabra “texto”, a pesar de ser una de las palabras malditas, puede que sea un lapsus inexplicable para mí ciertamente pues a mi no me dejaba pronunciar la palabra, o quizás para acercarse a la gente de “otras generaciones” que usamos la palabra impunemente ¿Por qué María Zambrano odiaba la palabra texto (aunque se le colara alguna vez traicioneramente)? No creo tener la respuesta, pero al menos tengo una corazonada: un texto implica algo acabado, sería la palabra más cercana a otra de las fobias de María Zambrano: sistema. Construir un sistema, escribir un texto, son cosas que seguramente estaban peligrosamente cerca en la mente de María Zambrano. Construir un sistema era para ella sucumbir a una flaqueza: sucumbir a la angustia del hombre que quiere crear un mundo a su alcance o bien sucumbir al primer pecado, a la soberbia.

    Dejemos que María Zambrano nos lo cuente:


“La metafísica europea es hija de la desconfianza, del recelo y en lugar de mirar hacia las cosas, en torno de preguntar por el ser de las cosas, se vuelve sobre sí en un movimiento distanciador que es la duda. Y la duda es ya en el „padre”. Descartes, la vuelta del hombre hacia sí mismo, convirtiéndose en sujeto. ( ) La virginidad del mundo se había marchitado y ya no volvería a recobrarla.

Y con la virginidad del mundo, de las cosas, la razón al desconfiar y alejarse, se afirmaba a sí misma con una rigidez, con un “absolutismo” nuevo, en verdad. La razón se afirmaba cerrándose y después, naturalmente ya no podía encontrar otra cosa que a sí misma.

De ahí la angustia. La angustia que arroja como fondo último esa metafísica; como última revelación de su raíz ( ) de donde salieran tan altivos y cerrados sistemas de pensamientos”. (Filosofía y Poesía, 87)

    María Zambrano no quiere sucumbir ni a este tipo de angustia solipsista ni a la altivez, no quiere crear un jardín cerrado en el que entre lo que convenga en aras de la coherencia sistemática.

    Nada más alejado del deseo de María Zambrano, ella no quiere escribir textos como ladrillos de un edificio, ella ensaya a preguntar, quizás más que a responder o a responder con metáforas a veces. ¿Es ahí donde conduce la crisis de la razón? Como narra el cuento del nacimiento de la metafísica europea, ésta es hija de la desconfianza y el recelo del “padre” Descartes en el afuera, al que cuadricula y redefine mediante leyes universales con pretensión de verdad. Pero la cuadrícula es al fin una metáfora, como lo es también la espiral o la esfera de hilos, el camino o el centro.

    María Zambrano no buscaba crear un jardín cerrado, buscaba encontrar un claro que actuara como centro, un centro que encuentra y nos lega. Un centro cómo ella describe los claros del bosque que ofrecen:

“más que una visión nueva, un medio de visibilidad donde la imagen sea real y el pensamiento y el sentir se identifiquen sin que sea a costa de que se pierdan el uno en el otro o de que se anulen. ( ) Lugar de conocimiento y de vida sin distinción” (Claros del bosque, 14)


    Estoy segura de que así quisiera María Zambrano que sirviera su archivo, no como arca cerrada sino como lugar de conocimiento y vida. Que siga viva María Zambrano depende de ello.


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    En Irlanda todavía existe la buena costumbre de reunirse familiares, amigos, allegados y transeúntes a beber en honor y recuerdo de quien pasó a mejor vida, como suele decirse. Cualquier ocasión es buena para brindar y recordar. Hoy precisamente celebramos el centenario de su nacimiento y ya que mis palabras son las que abren hoy el congreso, mi intención ha sido aprovechar esta singular ocasión para recordar a María Zambrano ligando su vida y obra. Esto, según María Zambrano, sería una perogrullada pues en un filósofo vida y obra no se pueden desligar, la una no existe sin la otra, nada es oculto o privado, el filósofo es siempre responsable, aún en sueños („obrar bien que ni aún en sueños se pierde“, decía Calderón y recordaba María Zambrano a menudo). A pesar de ser algo resabido, evocarla viva en su obra era mi intención, obra que por suerte podemos leer y releer y que nos volverá a convocar aquí de nuevo por muchas veces pues como ella nos dejó dicho:


que toda obra maestra del espíritu --grande o pequeña-- es el cuento de nunca acabar”. (Las palabras del regreso, 61)



EDICIONES CITADAS


ZAMBRANO, María; Horizonte de liberalismo, Morata 1996

El hombre y lo divino, FCE 1986

Filosofía y poesía, FCE 1987

Claros del bosque, Seix Barral 1988

Delirio y destino, Mondadori 1989

Los bienaventurados, Siruela 1990

Las palabras del regreso, Amaru 1995